Un relato emocionante
Un emocionante relato
Hoy recibi un mensaje que mi amiga Marianne me envió. Me conmovió hasta dejarme con un nudo en la garganta y los ojos nublados.
El texto es de Pato Navia.
Al asistir a la ceremonia que recuerda los 21
annos del asesinato de los militantes comunistas
Parada, Nattino y Guerrero (1985) perpretado por
fuerzas de la dictadura, Michelle Bachelet
sennalo enfaticamente que la memoria no admite punto final.
Manuel Guerrero <mguerrero@uchile.cl>, hijo de
uno de los dirigentes asesinados, improviso el
siguiente discurso en la ceremonia donde se
inauguro un memorial en el lugar que fueron
encontrados los cuerpos degollados. Las tres
sillas de 10 metros de altura recuerdan la
ausencia presente de estos tres hombres--y muchos
otras victimas---de la dictadura de Pinochet.
La memoria no admite punto final.
Pato Navia
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En estos precisos minutos que estamos
compartiendo acá hace 21 años trasladaban a José
Manuel y a mi padre, dentro de un vehículo
camino, hoy sabemos, al local llamado 'la firma'
o la Dicomcar en la calle Dieciocho.
Pocas horas antes, a las ocho y media de la
mañana, ese 29 de marzo, que cayó día viernes el
año 85, yo había llegado al colegio, tenía 14
años y vi en la puerta a mi padre, que recibía a
los niños conversando con José Manuel, apoderados
del colegio, camaradas de juventud, de batalla
por los DDHH de los años '70, del años 76 en adelante.
Lo saludé y le di un beso, él me llevó a un lado
y me dijo "Manuelito, secuestraron a un grupo de
profesores de la GECH y los aprehensores les
preguntaron por mí. Poco tiempo antes,
secuestraron a un militante comunistas,
Arriagada, y también le preguntaron por mí".
Lo miré atónito, tenía 14 años, pero era
suficiente para tener la lógica de decirle
escóndete, ándate del país, qué haces aquí en las
puertas del colegio, te van a tomar. Me miró y me
dijo "no, yo ya salí una vez del país. Ya viví el
exilio. Este es mi país, este es mi trabajo, aquí
está mi familia. Yo de aquí no me muevo".
No pude entender, no pude entender. Él estaba con
una paciencia, una tranquilidad máxima. Le di un
beso y me fui a la sala de clases y a los
minutos, escuchamos el helicóptero aterrizar casi
en el techo de nuestro colegio, escuchamos un
frenazo de un auto, griterío, forcejeo, balazos,
silencio. Tomé del brazo a Ignacio, mi compañero
de curso, y le dije "es mi papá".
Entró la presidenta del centro de Alumnos a la
sala, pidió hablar conmigo y me paré y le dije
'se llevaron a mi papá'. Ella me dijo 'Sí' y se
largó a llorar. Lo secuestraron de un colegio,
los que se lo llevaron eran Carabineros de Chile,
civiles, había un ex militante. El tránsito
estaba detenido para que el rapto pudiese ser más
fácil, los recursos eran del Estado, el Estado somos nosotros.
Para convivir en sociedad se requiere un mínimo,
un mínimo de seguridad que permita que estemos
sentados acá, con tranquilidad, sin temor a que
este techo se nos venga encima de la cabeza. Se
requiere de una seguridad mínima de que si uno
deja a sus niños en el colegio, los va a recibir
sanos y salvos. Se requiere una seguridad mínima,
una certeza ontológica mínima de que podemos ser en esta vida.
Lo buscamos por todas partes. Estábamos en Estado
de Sitio, se movió la Iglesia Católica con toda
la fuerza que demostró en el compromiso por los
DDHH, se movieron los sindicatos, todos los
partidos de oposición. Hubo gente de las FFAA que
nos llamó para solidarizar, que esto no puede
ser, que esto simplemente no puede ser.
Al día siguiente, un campesino los encontró acá.
A los tres con los cuerpos torturados,
degollados. Yo iba con mi abuelo el sábado en la
mañana y vimos los titulares del diario y decía
"los encontraron degollados". Me acerqué y le
dije "abuelo, qué es degollado". Me explicó y me
fui a la casa. América, mi hermanita de ocho
años, estaba viendo monitos animados, le dije "lo
encontraron. Está muerto el papá" y me dijo "Cómo".
Y le tuve que enseñar a una niña de ocho años lo
que es degollar. No, nadie se merece eso, nadie.
Terrorismo de Estado. El estado con la misión de
cuidar a sus ciudadanos, de protegerlos, de
acogerlos, de ser el útero que los cría, los
educa, los mantiene, que los hace producir vuelta
contra sus propios ciudadanos.
Sin embargo, el pueblo chileno, las madres, las
hijas, las compañeras, las viudas fueron más
fuertes. El amor fue más fuerte y salimos todos
los viernes al bandejón central frente a La
Moneda, en plena dictadura, con el mismo clavel en la mano a exigir justicia.
Fuimos al cementerio, nos jugamos por los DDHH en
plena dictadura, creímos en la justicia, los
atrapamos, tuvimos misericordia y con Estela,
Elena, dijimos que no queríamos pena de muerte,
porque creemos en los seres humanos y nadie nace
torturador, nadie nace asesino. Eso se educa, se
forma, se enseña y eso es lo siniestro. Que un
país hermoso y bello como Chile haya educado a
otros ciudadanos a matar a otros conciudadanos.
Todo esto existe y hay que mirarlo a la cara. El
terror está ahí, al lado de uno, a las puertas
del colegio. Y hay que aprender a vivir con eso, a convivir con eso.
Santiago Nattino, artista, diseñador gráfico
dedicó su vida al arte comprometido, el diseñó el
logo del Fasic, que es un logo cristiano, un pez.
José Manuel parada, sociólogo, dedicó las
ciencias sociales a crear una gran base de datos
con testimonios de DDHH. Mi padre, Manuel
Guerrero, educador, dedicó su vida a una
educación distinta. Ese es el recuerdo.
El 29 y el 30 de marzo es un shock, una señal
para todos de ayer y de hoy, no es un problema
del pasado, es un problema de mañana, pero el
recuerdo es un recuerdo de lucha, de compromiso,
el recuerdo de las ciencias sociales trabajando
por la humanidad, del arte comprometido, de la
educación generando gente nueva, unida, sin divisiones ni exclusiones.
Yo me saco el sombrero frente a Estela, la señora
Elena, mi mamá, frente a América, Javiera y los
tres hijos de Santiago. Aquí estamos sin odio,
nada, ni un pizca de ánimo de venganza,
tranquilos como el agua, simplemente compartiendo
con nuestros familiares, la Presidenta porque
creemos en el ser humano, incluso en aquellos que estuvieron acá asesinando.
Por eso, estamos por la justicia, por eso no
vamos a parar, vamos a continuar hasta que
aparezcan todos nuestros hermanos, familiares y
tíos detenidos desaparecidos, hasta que se haga
justicia plena en Estado de Derecho, con debido
proceso, porque no se trata de nosotros, se trata de todos.
Estas tres sillas van a permanecer acá, porque
los niños que vayan al aeropuerto, sean hijos de
la familia que sea, de los colores políticos que
sean, civiles o militares, van a preguntar 'papá,
mamá, por qué hay esas tres sillas y ahí va a
aparecer Manuel, José Manuel, Santiago y algo de
lo que nosotros hicimos y algún día nos vamos a poder abrazar.
Por mientras, estas sillas nos recuerdan que esto
fue posible, pero que también es posible amar.
